En el periodo del año 1978 al 82, Yvelisse desempeñó, concomitantemente, las tareas de presidenta del Partido Revolucionario Dominicano, diputada y vocera en la cámara baja de esa organización, y directora y maestra de su escuela de cuadros.
Cuando alguien me pregunta por qué no le pido a mi esposa Yvelisse que abandone la actividad política, mi respuesta es siempre la misma: porque no me quiero divorciar.
Y es que en mis largos años de vida he conocido pocas personas a las cuales les guste tanto el duro oficio como a mi cónyuge, incluso más que el magisterio, el cual ejerció por medio siglo.
Por esa arraigada vocación he tenido etapas de soledad, que no he sufrido tanto, porque me encanta convivir a veces con la exclusiva compañía de un buen libro, o la audición de música de cualquier género.
En el periodo del año 1978 al 82, Yvelisse desempeñó, concomitantemente, las tareas de presidenta del Partido Revolucionario Dominicano, diputada y vocera en la cámara baja de esa organización, y directora y maestra de su escuela de cuadros.
Debido al exceso de trabajo, en ocasiones salía de la casa a las ocho de la mañana, y retornaba a las nueve de la noche.
Recuerdo que un día llegué al hogar a las dos de la tarde, y al verla acostada en el aposento, salí corriendo, y le grité a la empleada doméstica:
-¡Hay una mujer en mi cama, ayúdeme a sacarla!
En lugar de celebrar mi reacción de contenido humorístico, la combativa dirigente política se echó a llorar.
Una noche en que detuve mi vehículo ante un semáforo en rojo, detuvo junto al mío su automóvil una dama.
-Tengo una semana detrás de su esposa sin lograr comunicarme con ella-gritó con voz altisonante.
-Si la localiza, dígale por favor que yo quiero verla-respondí, provocando un acceso de risa en la señora.
Sorprendido porque Yvelisse almorzó dos días seguidos en su hogar, le dije:
-No vengas tan a menudo a comer, que la gente pensará que quieres mudarte en esta casa.
Esta vez no se echó a llorar ante mi ocurrencia, pero mantuvo durante varios minutos una hosca expresión en su rostro.
Un señor de elegante vestimenta, me dijo al encontrarnos en una plaza comercial, que los hombres casados con mujeres de vida pública intensa, como era mi caso, tendríamos a veces momentos de soledad.
-No- repliqué- lo que tenemos a veces son momentos de compañía